Las cosas cambian. Es el ineludible poder del tiempo. El cuerpo, las ideas y la forma de mirar las cosas. Incluso los sentimientos. Miramos aquel juguete que nos alegró tantas vacaciones y ya no queda nada. Salvo el recordatorio de lo que un día nos hizo felices. Y nos agarramos con toda la fuerza posible. No lo tiramos y allí se queda, en un armario almacenando polvo.
Nos olvidamos y pasado el tiempo volvemos a verlo. Y cada vez queda menos magia dentro.Y llega el día en que no hace más que estorbar y termina en la basura. Quizás debería estar en el contenedor desde hacía años, pero sentimos como si una parte de nuestra historia se fuese con aquel juguete.
Pasa lo mismo con las personas. Aquella pareja que se comía a besos ahora ni se conoce. Molesta el tacto de la piel. Se estorban dentro del círculo que cada uno trazó. Pero siguen juntos. Por lo que un día supuso. Por los recuerdos que compartieron. Pero ese "amor" es ya desecho desde hace tiempo. Algunos lo llevan al contenedor y comienzan de nuevo. Otros se lo llevan hasta el final.
Quizás ambas opciones son válidas. O ninguna debería ser correcta. Quizás sean sólo unos pocos los elegidos y ese juguete sigue estando prensente en la habitación. Y participa de manera activa y pasiva. Quizás nada cambió en tantos años y se siguen viendo niños a través de él. Es posible que la persona a la que amó tanto que dolía siga despertando los mismos sentimientos pasados tantos días.
Es posible. Pero en la mayoría de los casos no es así. Y casi nadie tira el juguete.






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